Desde hace años la Argentina se ve inmersa en medio de peleas no sólo mediáticas y políticas, sino también sociales.
Luchas entre clases sociales azotadas por las condiciones económicas y divididas por diferencias culturales.
Luchas políticas que dejan acéfalo el Estado y exponen a la sociedad a un tremendo estado de vulnerabilidad y descuido, causando brechas difíciles de unir.
Esta semana Córdoba vivía una de sus peores crisis sociales, una disputa de poder entre bandas que salían a saquear y robarle a la misma población. Entre problemas salariales y conflictos con el gobierno provincial, la policía no actuaba y se encontraba acuartelada sin brindar ningún tipo de seguridad y asistencia.
Una desidia e infinitos malestares estaban a la orden del día atravesando una de las ciudades más grandes del país.
¿Dónde estaban las entidades políticas? ¿Qué hacía el gobierno nacional mientras ocurrían estos hechos tan repudiables?
¿Cuál era la solución? ¿Buscar al culpable o frenar primeramente los ataques contra los comerciantes?
Increíbles acusaciones del nuevo Jefe de Gabinete, Jorge Capitanich, persona que hasta ese momento se mostraba ante los medios como una persona dialogadora y con responsabilidad institucional, poco le duraría la máscara al ex gobernador de Chaco.
Sergio Berni, otro personaje más en escena ante este conflicto inesperado y abrumante. El flamante Secretario de Seguridad mientras expresaba que, el pedido de auxilio de De la Sota fue una payasada, Córdoba ardía en llamas.
Por otro lado el gobierno nacional se negaba a enviarle gendarmes a la provincia ya que hacían máximo responsable a su gobernador.
¡Qué importaba en ese momento! ¡Importaba ayudar! ¡Importaba la presencia del Estado! ¡Importaba brindarle seguridad a una sociedad que se enfrentaba así misma ante la adversidad!
Las contradicciones entre Berni y Capitanich eran constantes pero la ayuda no llegaba nunca.
Tarde se jactaron en tomar serias decisiones y brindar solidaridad a una provincia que pedía auxilio, tarde se acordaron de su función como políticos y gestionadores de la seguridad y la responsabilidad que les correspondía como entidades del gobierno nacional. Tarde se acordaron de la gente, como siempre.
Importaban más las banderas partidarias que los valores como seres humanos. Importaba más embarrar a De La Sota que sentarse a dialogar con él para ver qué era lo que estaba sucediendo.
Cuántos fueron los que se equivocaron o no, poco y nada me importa, aquí deseo resaltar que la responsabilidad fue de todo el arco político que en lugar de trabajar para la gente y acudir en su ayuda, se dedicó a perder tiempo en una batalla interminable e inagotable que no conducía absolutamente a nada.
Cuando se debe actuar rápidamente y en conjunto, no interesa con quién uno tenga que lidiar, aquí importa la sociedad, aquí importamos nosotros.
Evidentemente nadie estuvo a la altura de las circunstancias.
¿Qué nos pasa argentinos?
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